Acabo de terminar de leer una obra de Natalia Ginzburg, nacida Levi en Palermo, en 1916 y turinesa durante muchos años de su vida.
La obra, autobiográfica, escrita en 1963, recibe su título por ser las frases pronunciadas en una familia, la de la autora, y su entorno, las que nos presentan retazos de la historia de esa misma familia, dentro de la historia reciente de Italia y de Europa.
Las palabras familiares, que en sí mismas, no presentan un especial valor literario, tienen la virtud de introducirnos en el universo de una familia judía a través de las dos grandes guerras del siglo XX y la irracionalidad del fascismo. El relato podría haber estado teñido por el horror de la persecución, el confinamiento y la cárcel, está en cambio empapado de humor y ternura. El texto, intimista, sorprende y conmueve, y muestra natural los secretos cotidianos de una familia que hubiera podido parecer corriente, pero no lo es, rodeada como estaba de notables personajes de la intelectualidad resistente al fascismo.
Fragmentos
Tristeza
Después llegó el 25 de julio, y Leone dejó el confinamiento y se fue a Roma. Yo me quedé todavía allí. Había un prado que mi madre llamaba “del caballo muerto”, porque en él una mañana habían hallado un caballo muerto. Solía ir allí todos los días con los niños. Echaba de menos a Leone y a mi madre; y aquel prado, donde había estado tantas veces con ellos, me producía una gran tristeza. Tenía el ánimo embargado de los más tristes presentimientos.
Inflación de palabras
Pero el error general consistía siempre en creer que todo se podía transformar en poesía, en palabras. Lo cual trajo aparejado una aversión tan fuerte hacia la poesía y las palabras que llegó a incluir a la auténtica poesía y a las auténticas palabras, por lo que al final todos callaron petrificados por el aburrimiento y la náusea. Era necesario volver a escoger las palabras, a escrutarlas para sentir si eran falsas o auténticas, si tenían verdaderas raíces en nosotros o si tenían tan sólo las efímeras raíces de la ilusión general. Era, pues, necesario, si uno escribía, volver a asumir el propio oficio que había olvidado en la general borrachera. Y el tiempo que siguió fue como el tiempo que sigue a la borrachera, que es de náusea, de languidez y de tedio. Y todos se sintieron engañados y traicionados de alguna forma: Tanto los que vivían en la realidad como los que poseían, o creían poseer, los medios para contarla. De esta forma, cada uno volvió a tomar, solo y descontento, su propio camino.
Pavese
Sus relaciones con nostros, sus amigos, siempre tenían un fondo irónico mediante el que solía retratarnos y hacernos comentarios. Y esta ironía, que seguramente era una de las cualidades más bellas que él poseía, nunca sabía trasladarla a las cosas que más le importaban, a las relaciones con las mujeres de las que se enamoraba, a sus libros. Sólo la aplicaba a la amistad, porque la amistad era un sentimiento natural en él y de alguna forma despreocupado, es decir, algo a lo que no daba excesiva importancia. Al amor y a la escritura se entregaba sin embargo con un estado de ánimo tan enfebrecido y tan calculado que nunca sabía reírse de ellos ni llegar a ser él mismo por completo. Y a veces, cuando ahora pienso en él, su ironía es lo que más recuerdo y lloro, porque ya no existe: de ella no queda ningún rastro en sus libros, y sólo es posible hallarla en el relámpago de aquella maligna sonrisa suya.
Biografía

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