Se había levantado esa mañana con el ánimo encendido, con alegría; acababa de entrar en la cincuentena y se consideraba aún joven, además, le decían que aparentaba muchos años menos, aunque ella notara en su cuerpo los estragos del paso del tiempo. Ese fin de semana se habría de reunir con unos viejos amigos en otra ciudad, ala que debía llegar en tren, y por ese motivo, la noche anterior preparó una pequeña maleta con una muda y lo indispensable para su aseo. Aquel día salió del trabajo y se dirigió a la estación con la ilusión de romper su rutina y con la sola incertidumbre del paisaje que el tren le ofrecería a cada instante.
Una vez en su asiento, al lado de la ventana, donde siempre prefería ponerse, se rindió al sueño pegajoso que le acompañaba al inicio de todos sus viajes. La rescató del sopor, aparte de alguna que otra cabezada en el vacío, la viva sensación de que unos ojos, desde el otro lado del pasillo,se habían clavado en ella.

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